
I. Frecuentemente se confunden ironía y perversidad en el devenir de las cosas.
II. Erróneamente se toma devenir de las cosas por destino.
III. Destino y devenir de las cosas son inapelables.
IV. El cambio mira hacia delante; hacia detrás mira la culpa.
V. La culpa no es motivo de cambio.
VI. Motivo y sinceridad no son siempre visibles.
VII. El motivo yace en el conocimiento del fuerte.
VIII. La sinceridad no es digna de elogio.
IX. La necesidad de sinceridad se ha convertido en motivo para el débil.
X. La necesidad de comprensión es sincera en el fuerte.
XI. Evidentemente, comprensión es igual a conocimiento.
XII. La ignorancia es culpable.
XIII. La culpa es vergonzosa para el débil. Para el fuerte, es una necesidad inútil.
XIV. La necesidad de justificación es vergonzosa para el fuerte.
XV. El fuerte anhela más conocimiento, mientras la culpa obstaculiza el aprendizaje del débil, que se pierde en motivos falsamente tomados por sinceros.
XVI. El destino no depende del conocimiento.
XVII. El devenir de las cosas depende del conocimiento.
XVIII. El conocimiento depende de la culpa.
XIX. La culpa depende de la ignorancia.
XX. El conocimiento depende de la ignorancia.
XXI. Sin embargo, el devenir de las cosas no depende de la ignorancia.
XXII. El devenir de las cosas no tiene más motivo que el conocimiento.
XXIII. El conocimiento que no se transforma en devenir de las cosas es en realidad ignorancia.
XXIV. La decadencia es el conocimiento pasado; la oportunidad desaprovechada de motivar el devenir de las cosas.
XXV. El conocimiento de la ignorancia se torna a menudo culpa.
XXVI. La culpa es una epidemia que enferma el devenir de las cosas y contamina el destino.
XXVII. La crueldad del destino es incomprensible en tanto que desconocido es el devenir de las cosas.
XXVIII. La crueldad es la culpa travestida de conocimiento.
XXIX. La crueldad sólo puede ser pura mediante el odio sincero.
XXX. El odio no puede ser sincero si no es debido a la ignorancia.
XXXI. La ignorancia provoca reacciones crueles para otros ignorantes.
XXXII. La ignorancia es despreciada por el fuerte, que sabe ser cruel sin motivo.
XXXIII. La necesidad no crea los motivos.
XXXIV. No hay motivos ignorantes, como no hay culpa inocente.
XXXV. Lo obvio, por claro, resulta poco interesante y es así ignorado.
XXXVI. La realidad, por real, es tan obvia que no se observa (vivimos en la ignorancia).
XXXVII. El buen observador, aburrido de la realidad, se evade y sueña.
XXXVIII. Porque sueña no está loco (es la realidad locura).
XXXIX. El mal observador percibe la realidad erróneamente y cree ver, ignorando el significado de lo que le rodea.
XL. El decadente y el iluminado, aun por motivos distintos, viven en la ignorancia: la única diferencia yace en el disfrute de ésta.
XLI. Se puede ser feliz con conocimiento de un futuro decadente y un presente (y pasado) nefastos.
XLII. El futuro es nuestro: el decadente lo verá pasar sentado, mientras el iluminado lo retuerce, lo experimenta, lo doma, y, finalmente, lo destruye para crear uno nuevo.
XLIII. LA IGNORANCIA Y EL CONOCIMIENTO SON IGUALMENTE PERVERSOS.
XLIV. Como es sabido, de lo que no se puede conocer es mejor no hablar.
XLV. Desgraciadamente, y en contra de la creencia establecida, se puede lucubrar sin fin sobre lo desconocido.