martes

Todo y nada


Dos horas después de llegar a Viena estaba pedaleando a toda velocidad, esquivando coches por el centro mientras intentaba seguir a Stephan hacia “un lago que está aquí al lado”. El tío se estaba preparando para correr el maratón, y tenía unas piernas musculadas (y depiladas) que hacían ridículos mis vaqueros (cada vez más llenos de grasa de la cadena) y mi chaqueta "porque-en-Austria-tiene-que-estar-nevando"... 9 kilómetros en apenas 20 minutos. No estuvo nada mal.

He llegado a mediodía y tengo que esperar a que salga del trabajo haciendo tiempo en Stadt Park. Nunca he estado tan hambriento y cansado como estas dos horas. Nunca.
Ando dando vueltas por los alrededores, buscando un supermercado donde comprar algo barato con lo que montarme un picnic, y compruebo que esta zona no está hecha para barbas despeinadas con piedras a la espalda. Nada de clase media-baja. Todo lujo, comparado con lo que yo soy ahora.

Por el camino fuimos cruzando puentes imposibles mientras bajábamos pendientes estrechas y torcidas, y yo intenté no escupir los pulmones mientras Stephan me explicaba tranquilamente todos los sitios por los que íbamos pasando. Después de cruzar lo más parecido a una selva que he visto (y eso que no se veía nada) llegamos a un lago que según me dijo era (¿o había sido?) parte del Danubio. El río del que había recogido las piedras con Evina en Bratislava el día anterior.

Después de mucho sudar consigo queso, pan y zumo, y vuelvo al parque. Los mejores sitios ya están ocupados. Las estatuas de Schubert, Strauss, Stolz (mucha s, sí) dan algo de sombra a gente con traje que evidentemente está en su hora de comida, tumbados al sol de un día extrañamente caluroso de septiembre. Así que me quito las zapatillas y me echo sobre el césped recién regado, con los ojos cerrados y la tranquilidad de que nadie me robará nada si me duermo. Pero los patos me despiertan, como ya pasó en Bonn. Escribo que ojalá pudiera tumbarme en lo alto de un árbol [en realidad, esto no lo recordaba, lo acabo de ver en la libreta que robé antes de despedirme del trabajo en Barcelona].

Dejamos las bicicletas apoyadas en un tronco roto y Stephan empezó a silbar como un pájaro. ¿Qué haces?, dije. Es para ver si Siggy está por aquí, contestó. El lago estaba lleno de rastas desnudos bañándose, tocando los bongos y la guitarra, liando porros o tomando el sol. Sólo vi a una mujer. Bajé a meter la cabeza en el agua cuando alguien contestó a mi pájaro-ciclista a lo lejos, y Stephan dijo ¡Es Siggy!, así que hacia allí fuimos. El bueno del encargado del guardarropa de la ópera estaba tumbado sobre las piedras, fumando un tabaco que daba dolor de cabeza, y sinceramente alegre de verme. Yo me sorprendí de que me recordara, y me alegré aún más de su propuesta de enseñarme la ciudad el día siguiente. Nos contó que como hacía tan buen día había llamado al trabajo para decir que ese día le era imposible ir porque se le había roto la bici, y así pudo aprovechar para pasar la tarde al sol.


El sol es todo, dijeron.