
20 minutos y el cielo está nublado. La imagen no vale nada, es tu imaginación quien lo hace todo, y no soy yo quien escribe estas palabras, sino estas palabras que me (d)escriben y viven mi vida. Esclavo de los sentimientos.
El miedo habita en lo más profundo de nuestro ser. ¿Cómo llegaremos tan adentro para echarlo?
20 minutos y el teléfono que no suena. El teléfono suena cuando estás pacíficamente tumbado con tu mujer sobre las sábanas negras, cada vez más grises (¿lo pillas?). Se me acaba el tiempo junto a esta flor salvaje (porque hay flores salvajes incluso en este teatro vacío) y el puto teléfono no suena.
Por lo menos tengo el olor del té con leche, que me lleva siempre a tu casa (nuestra casa), ésa en la que dormíamos en el balcón.
7 minutos. Joder, ¿trece minutos para escribir esto? ¿En qué pienso cuando pienso en mí? "En mí", dirías tú. Bueno, a veces sí, es verdad. Aunque cada vez menos. ¿Cuántos ángulos has visto en mí? Lo digo por comparar, porque yo mismo me sorprendo cada vez que me doy cuenta de que todavía me sorprendo con tu inocencia (parcial, eso sí; 23 meses no pasan en vano, como el tren de la harmónica), la inocencia que se sorprende de darse cuenta de que las cosas pueden verdaderamente cambiar.
Sé ser bueno (supongo). Sé (bueno, supongo) que no entiendes nada. No importa: saca los pies del agua y ven a este lado. El viento ha cambiado y tengo que girar la vela mayor.


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