
Yo conté las estrellas de sus hombros mientras ella cerraba los ojos mirando a la pared de madera, y pasé las horas despierto imaginando París en abril, influenciado como estaba esos días por Monk y sus inusuales silencios.
Al día siguiente se despertó y paseó tranquilamente desnuda por la habitación, explicándome que había soñado lo mismo que yo, y a mí me dio por pensar que era una señal del destino.
Creí (sin comprender - ni querer hacerlo) que sin duda viajaríamos juntos hasta las mecedoras de mimbre del porche, con el pelo blanco y las manos llenas de callos.
Creímos (sin comprender- creo que queriendo hacerlo), que tendríamos fuerza para dormir cuando el mundo vive, para madrugar cuando no hay ni sol ni luna, para perdonarnos los olvidos y los traumas escondidos, para mitigar las decepciones y aprender de los engaños, para esquivar las convenciones, para encontrar los tesoros de las tormentas, para ignorar las voces interesadas, para descifrar los laberintos de los caminos, para encontrar los restaurantes con chimenea al final de los callejones, para ver nevar en otros idiomas con amigos desconocidos, para leer con entusiasmo nuestros mundos tan distintos, para cantar inventando palabras que nadie hubiera intuido, para pintar los muebles blancos y cambiar la casa de sitio, para nadar en dos extremos dentro del mismo círculo, para plantar nuestra propia droga, fuese jazmín o tomillo, para besarnos en la ducha porque ése era el motivo, para llenarnos de pintura el cuerpo y después las sábanas, para contar historias sobre fuego y manzanas, para robar zapatos, para robar libros, para vencer los golpes, para levantar la cabeza, para abrir los ojos, para pararnos a pensar, para hacernos respetar, para entender la realidad, para deshacer los nudos del estómago y estirar los interrogantes hasta convertirlos en signos de exclamación. Para saber ver la verdad.
Ahora comprendo (sin creer, ni querer hacerlo) que los náufragos sueñan con una manta, con un trozo de madera, con un mapa hacia el siguiente día, o con una almohada, aunque sea de piedra.
Otro día.
Me he sentado en la oscuridad del salón con la gata tricolor al lado. Enfrente, por entre las cortinas que tapan todos los cristales, se cuela la luz naranja y púrpura del atardecer, las nubes estériles que me han visto recorrer las vías hasta llegar a esta terraza. El silencio es tan violento que el ronroneo de Suri truena en mis oídos como las ruedas chirriantes de los trenes que llegan a la estación de Praga (sucia, decadente, gastada, banal, desgraciadamente hermosa). He encontrado una vela, pero nada con que encenderla, así que me limito a esconder mis manos bajo los muslos para calentarlas y pensar en la noche en que dormimos juntos por primera vez.