
no estoy muy seguro, pero creo que estaba sonando The Box, y los dos estábamos como sumergidos o diluidos en la atmósfera, por el aire. hablábamos poco, de vez en cuando alguna frase suelta. recuerdo que la habitación parecía más llena que nunca de latas vacías por el suelo, pero yo no dije nada acerca de la limpieza. cada uno hace lo que quiere en su casa, supongo.
de pronto, no sé por qué, vino a mi cabeza una historia corta de Franz K. llamada Un artista del hambre. le pregunté si la conocía y me contestó que no, así que le expliqué que va de un hombre que se dedica a pasar hambre encerrado en una jaula para que todo el mundo lo vea. el tío se gana así la vida, y tiene vigilantes las 24 horas del día para comprobar que realmente no prueba nada de lo que la gente, a veces, le echa a la jaula. lo que a mí me llamó la atención fue que el tío se siente ofendido (muy ofendido) cuando alguien duda de la autenticidad de su ayuno, o cuando le ofrecen comida. de hecho, cuando acaba el espectáculo (creo que duraba 30 días) y el hombre sale de la jaula, sigue sin querer comer, como intentando demostrar que podría aguantar MÁS tiempo sin comer, si quisiera.
yo sólo dije eso, luego volví a callarme. él no abrió la boca en ningún momento, de hecho dudé que me hubiese escuchado. bueno, la situación siguió igual: música de fondo, latas que se iban vaciando para unirse a las que había en el suelo y frases de vez en cuando. de alguna forma todo se acabó, y yo desperté en el sofá de mi casa con TODO el sol dándome en la cara. como siempre, me olvidé de la noche anterior. me duché y salí a comprar algo.
tres días después volví a su casa y encontré la puerta abierta, así que entré. él estaba en el sofá y realmente OLÍA mal. por supuesto, yo no dije nada. le pregunté por qué estaba abierta la puerta y entonces lo soltó: dijo que ahora él era Un artista del sofá. yo no pude aguantarme la risa, pero a él no pareció hacerle gracia, así que dejé de reírme. me explicó que desde la última vez que le había visto no se había movido de allí. al parecer, llamó por teléfono a una vecina para que le dejara algo de comida y bebida. lo tenía todo al alcance de la mano: teléfono, mando a distancia, vino, un orinal, latas de conservas... realmente me convenció. supongo que es más fácil convencer a un amigo de según qué cosas.
yo estuve allí un rato y luego me fui. le dije que volvería por la noche a ver cómo iba. me llevé una llave y cerré la puerta. a los ladrones no les importan los artistas, o eso dicen.
no pensé mucho en lo de mi amigo hasta esa noche, de camino a su casa. ¿cuánto tiempo pensaba aguantar? ¿por qué no llamaba a una televisión o a un periódico para que todo el mundo le conociera? después de todo, un artista sin público es menos artista... aunque creo que a él no le interesaba mucho el público.
pareció contento de verme, y aún se alegró más cuando abrí las ventanas y fui a vaciar el orinal. me serví algo de beber en un vaso polvoriento que encontré y le hablé de lo que había pensado por el camino. entonces él me confirmó lo que yo (
¿temía?) suponía: que el único público que le interesaba era yo, porque así podría demostrarme lo que hacía años que venía diciéndome. él también era un artista. simplemente, su arte no había encontrado todavía la forma de manifestarse y salir al exterior. justo hasta que yo le abrí las puertas la otra noche... también me dijo que estaría así 60 días, el doble que el artista del hambre, para mostrar cuán intenso y profundo era su arte. “arte espiritual”, creo que lo llamó.
a mí todo esto me pareció muy bien (
¿ya he dicho lo de convencer a los amigos?). lo que no me dijo es que, en los casi dos meses de su ‘actuación’, yo tendría que limpiarle, comprarle vino y pan, vaciar su orinal y hacerle compañía todas las noches. para él, yo era todo su universo en ese momento. para mí era un amigo, que no es poco, hasta que empezó a volverse un poco pesado. comenzó a exigirme que pasase allí más tiempo, que le llevase en brazos por la habitación (decía que si no tocaba el suelo era tan válido como estar efectivamente en el sofá), que le afeitase... no sé, un montón de cosas. hasta que una noche pasó lo que tenía que pasar.
llevaba casi la mitad ya, un mes o algo así. era de noche y estaba algo bebido. seguramente hace falta menos alcohol para emborracharse cuando llevas tanto tiempo entre las mismas paredes. el caso es que empezó a hablarme de que hacía mucho que no estaba con una mujer (”no puedo ni imaginarme con una”, dijo), de cómo veía casi todos los días la misma película porno que una vez yo metí en el video... no sé, dijo muchas cosas. recuerdo algo acerca de que había empezado a tener sueños sexuales cada vez más extraños, y de cuánto se aburría por tener que masturbarse él mismo, cuando antes podía hacerlo con tías de mil formas distintas...
él dijo esto y mucho más, y yo no dije nada. simplemente asentía con la cabeza, tratando de darle algo de consuelo. al fin y al cabo, todos hemos pasado malas temporadas.
sin embargo no asentí cuando me explicó su última fantasía y me pidió que me bajase los pantalones. decía que estaba realmente desesperado, que la idea le atormentaba en su cabeza noche tras noche cuando yo me marchaba... intentó convencerme de que yo había sido muy bueno con él y quería agradecérmelo,... yo que sé, dijo un millón de cosas. al final se calló y empezó a llorar. puede que intentara darme pena, o a lo mejor lo NECESITABA de verdad. yo me acabé mi vaso y salí de allí, dejando la puerta abierta.
no he vuelto a su casa, y él tampoco me ha llamado. el otro día le vi por la calle y no nos dijimos nada. todo el mundo sabe que hay cosas de las que es mejor no hablar, aunque no por ello vayamos a olvidarlas.
por cierto, él no llegó a los 60 días. supongo que ya no tenía sentido para él, si nadie lo sabía... artista de mierda.